sábado, 28 de enero de 2017

Mi nombre sigue siendo Leonor

Querido, lector.


Hace tiempo que no me siento a escribirte de forma seria. Ya sea por no poder, no querer o por ambas cosas al mismo tiempo. Este blog se abrió hace casi cinco años, sin una idea muy clara de lo que iba a ser y con un contenido bastante variado que con el paso de los años ha ido centrándose más y más en el mundo literario. Y dejando atrás la música, el cine y otras entradas aleatorias que solía hacer. También ha pasado por muchos periodos de inactividad, y otras de actividad fluctuante pero siempre he deseado mantenerlo abierto. No es una grandísima obra de la que sentirse orgullosa pero es agradable ver a mi joven yo reflejada en esas entradas y es divertido retomar alguna vez el blog. 

La realidad es que no tengo nada escrito que sea digno de dejar por aquí, y tampoco me apetecía hoy dejar un fragmento literario aquí. Así que he decidido que Secretos del futuro se vuelva más flexible o volverme yo más flexible con Secretos del futuro. Y simplemente compartir lo que me apetezca. Como una bitácora, un diario o una serie de cartas a un amigo lejano. Porque ahora mismo siento que necesito a ese amigo lejano inexistente, al que poder hablarle de cualquier cosa y sin temer herirle. ¿Podrías ser tú entonces esa persona para mí, lector? Espero un sí por respuesta. Y aunque sea un no, actuaré como si fuese al contrario. Al fin y al cabo, es mi decisión escribir y la tuya es si leer o no. 



No es fácil tomar decisiones. Y todavía es más difícil tomar una decisión que conlleva aceptar el fracaso en ella. Hablando en términos personales, me cuesta especialmente aceptar el fracaso. Mi vida no ha sido un camino de rosas, pero dentro de ella he tenido siempre la opción de convertir la debilidad en un escalón para seguir ascendiendo. Por ello, nunca me he enfrentado al fracaso cara a cara. Sin embargo, no se puede vivir siempre así. Es algo que racionalmente ya entendía pero que emocionalmente no había asumido hasta hace relativamente poco. No se puede vivir usando tus debilidades, tu fragilidad como un impulso más para salir del paso. ¿Cómo explicarlo? Puedes acumular heridas y seguir andando hacia delante, pero si no paras voluntariamente y te tomas un momento para curarlas y recobrar el aliento, el momento simplemente llegará. Quieras o no, una herida romperá el saco y ya no dependerá de ti si caminas o no. Estarás obligado a parar y descansar, a curarte. Todos tenemos un límite y debemos aprender a gestionar nuestros esfuerzos teniéndolo siempre en cuenta. Pero también soy de la opinión de que no se puede aprender a hacerlo sin haberlo sobrepasado antes. Todos tenemos que tocar fondo. Y una vez lo tocas, evidentemente es doloroso. ¿Por qué lo evitaríamos a toda costa si fuese algo agradable? Pero también es liberador, en cierta forma. Quizá porque ya no puedes ir más hacia abajo, o quizá porque ahora solo se puede subir para arriba.
La cuestión es que recientemente me he enfrentado al fracaso, a lo que significaba el fracaso para mí, y me siento bien. Como si hubiera vuelto a ir hacia adelante tras estar yendo marcha atrás durante mucho tiempo. No quiero pintarlo tampoco de rosa, no estoy en mi mejor momento. No es como si ahora dijera ¡wow, quiero sentirme así todas las mañanas de mi vida! También tengo miedo. Mucho miedo, y estoy angustiada. Muchas de las cosas a las que me enfrentaba antes siguen estando ahí y no han rebajado la intensidad, pero por primera vez, me he sentido bien conmigo misma. 
Como estoy siendo franca, también diré que esto me ha acarreado un sentimiento negativo también. Ahora la soledad es más palpable. Por fortuna, tengo a una familia maravillosa que me quiere y tengo a personas apoyándome pero no me refiero a ese tipo de soledad. Gracias a esto me he dado cuenta de que voy a un ritmo distinto al de los demás. No es algo malo, pero siento que me estoy quedando poco a poco atrás. Sé que es algo a lo que tengo que habituarme. Porque ahora es un momento para mí, para ir a mi ritmo, al que yo necesite. No al que otros me impongan, ni al que yo misma me obligue a imponerme. Pero saberlo no hace que deje de ser desagradable. Me gustaría tener a alguien que su vida fuera al mismo ritmo que la mía, pero es lo que hay. Que no me sienta bien con ello es importante, ya que antes ni siquiera me daba cuenta de lo atrás que me estaba quedando. La incomodidad es uno de los motivos más fuertes que nos pueden llevar a cambiar una situación, ¿no es cierto? Aunque en la vida no es tan fácil hacerlo como decirlo. 
Resumiendo mi carta de hoy un poco, simplemente diré que estoy asustada. Tengo miedo de quedarme atrás, de no recuperarme a tiempo. Pero está bien que tenga miedo, está bien para mí. Porque por primera vez desde hace muchos meses, me siento asustada por algo y yo misma no estoy dentro de ese algo. Por primera vez, he dejado de ser mi propio enemigo. Y es un alivio poder empezar a contar conmigo misma. Un grandísimo alivio y también un arma muy poderosa. Porque tras mucho tiempo sin poder encontrarme ni reconocerme, hoy al menos puedo decir con seguridad una cosa sobre mí:

Mi nombre sigue siendo Leonor


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