jueves, 15 de septiembre de 2016

Adiós, querido Ángel



En esta entrada voy a alejarme de la temática literaria del blog para hablar de un tema que abarca a mi entorno personal. 
El día de hoy me he enterado de una noticia llena de tristeza para mi entorno y para mí. En el periódico anunciaban que la vida nos había arrebatado al que fue en su momento mi profesor de matemáticas, Ángel Ramirez. Así que he decidido dedicarle una pequeña parte de mi blog para hablar de lo que significaron para mí sus clases y cómo influyeron sus enseñanzas en mi vida.


Ángel nos enseñó, a través de sus clases de matemáticas, que en un mundo construído para escalar los unos sobre los otros. Que en un mundo donde nos enseñaban a competir a toda costa, a preocuparnos por nosotros mismos y por nadie más... El trabajo en equipo, el respeto mutuo, el compañerismo y el tender la mano a aquel que lo necesitara era posible. Y no solamente posible, indispensable, necesario, vital. Ángel nos enseñó a pensar por nosotros mismos, nos habló sobre la importancia de tener inquietudes en un mundo en el que hacen todo lo posible por volverlos ignorantes. Nos demostró que en la vida hay cosas imprescindibles que, aunque deberían enseñarse en las aulas, no se hace. Y quiso hacerlo, desde sus clases de matemáticas nos enseñó a debatir, a argumentar, a respetar, a tolerar, a aprender. Nos veía a todos como una enorme responsabilidad sobre sus hombros. Una mente que debía ser tratada con delicadeza, moldeada y ayudada a formarse. Una mente que tenía infinitas posibilidades pero que un paso en falso por su parte podía ayudar a que esas posibilidades decrecieran. O al contrario, que aumentaran. 

Y sin saberlo, Ángel nos dio un modelo a seguir. Alguien a quien respetar, admirar y apreciar. Se convirtió en un profesor querido y que guardaremos siempre en nuestros recuerdos. Porque Ángel Ramirez decidió que no quería enseñarnos únicamente una materia aburrida para que nos dedicáramos a vomitar contenidos para subir de curso. Decidió que quería que entendiésemos la belleza de las matemáticas y decidió darnos unas lecciones de vida para enriquecernos, no solamente como estudiantes, también como personas. 

Es por eso que a pesar de que ya nunca más podremos volver a verle, seguirá vivo en todos los que consiguió influenciar. Y que como yo, no le olvidaremos nunca. 


D.E.P Ángel Ramirez. Un gran profesor y una grandísima persona. Admirado, respetado y muy querido.  

lunes, 12 de septiembre de 2016

Cactus



Cactus


Mi corazón es un cactus. Lleno de espinas que crecen lentamente, agrandando mis heridas. Destrozándome el alma. Con cada latido, cada bocanada de mi corazón por vivir, colabora a agrandarlas. Sin saberlo, sin poder evitarlo. Su deseo por seguir viviendo es el que hace que yo siga sufriendo. Y las espinas se clavan en mí. Porque si soy un cactus, qué más da. Ocultarlo solo hará que duela más, porque tendré que tragarme las lágrimas de dolor mientras me acuchilla mi corazón. Así que por una vez, me gustaría ser valiente. Ser valiente y dejar que me duela y que se vea. Que se vean mis espinas. Que atraviesen no solo mi corazón, también mi piel y dejen cicatrices que no pueda ocultar. Que me obliguen a llorar desde dentro, desde el alma y frente al mundo. Poder demostrar que también soy frágil, que estoy temblando, que soy pequeña. Alguien ha puesto sobre mis hombros unas expectativas muy grandes, tan grandes que es imposible ahora dejar ver al cactus de mi corazón. Y si no lo consigo, quiero poder ser valiente para plantarle cara al dolor. Y segar las espinas de mi cactus, hasta que el dolor vuelva a ser corriente. Porque tampoco deseo vivir sin dolor. Ser valiente para coser mis heridas y guardarlas en el recuerdo. Y si tampoco soy capaz de eso. Si todo sale mal esta vez, entonces quiero ser más valiente de lo que nunca he sido antes. Quiero sonreír, aceptar mi dolor vital y apagar el ímpetu por vivir de mi propio corazón. Porque mi corazón es un cactus. Un cactus que me mata para vivir. 
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