domingo, 12 de junio de 2016

Las tres edades de Klimt y aquella que fue olvidada.

¡Hola!
Tras una prolongada pausa, os traigo el relato con el que he ganado recientemente el concurso de escritura de mi instituto en la modalidad narrativa. Espero que lo disfrutéis.


Las tres edades de Klimt y aquella que fue olvidada.


(Recopilación de una vida)




I . Niñez

Tengo un bolsillo chiquitito, chiquito de verdad. A duras penas entran mis dedos de niña, aunque en su interior hay muchísimo más. Lo llevo dentro del alma, bien cosido en mi corazón. Mamá lo cosió una noche triste, con el hilo dorado de una canción. Me dijo que era pequeño, ínfimo, mínimo y simplón, pero que, si yo quería, podía guardar en él mi vida entera. A pedacitos, cachitos pequeños del tamaño de mi bolsillo, sin acumular muchos de golpe pero sin dejarlo vacío nunca. Por eso, cuando cierro los ojos como ella me enseñó, entro dentro de mi bolsillo. De mi bolsillo de hilo dorado y amor. Y en él veo los colores del pueblo y de su cachito de cielo. Puedo sentir en él el pelo de mi madre haciéndome cosquillas para despertarme y puedo oír a mi hermano cantando al mar, con los ojos cerrados y de puntillas, como un pajarillo a punto de echar a volar. Mi madre me dijo que para guardar mis trozos de vida en mi bolsillo del alma, solo tenía que amarlos mucho cuando sucedieran. 
Así que hoy al despertarme, fui de puntillas hasta la puerta de la cocina. Y ahí, bien escondido, sin que nadie me viera, observé a mamá con los ojos abiertos como si se fueran a salir. La observé con el pelo recogido en su moño flojo, dejando escapar unos mechones de noche. La observé, con aquel vestido azul de los domingos que tan bien le quedaba. La observé, con su piel tostada que hacía resaltar más su sonrisa blanca. Observé cómo iluminaba más que el propio sol la cocina, y se reía con la brisa fresca que entraba por la ventana. La observé, ahí, quieta, sin darse cuenta de que la miraba, mientras pelaba las naranjas en el borde de la mesa. Y amé, amé, y amé con toda la fuerza que guardaba en mi bolsillo del alma. 


II . Juventud

Canta la luna en su noche, una nana de madre a hija. Canta la luna en su noche, despertando a la niña dormida. Ella comienza a escuchar a su luna, a su luna amada, a su luna luna. Y se mueve, da vueltas y empieza. No necesito ningún aviso, ni escuchar siquiera su canción. Comienza en mi cuerpo el despertar, mucho antes de oír su voz. Empieza con la sensación del florecimiento de una flor. Por todo mi cuerpo crecen flores, crecen florecimientos rápidos, inauditos. El mundo corre deprisa, el ciclo avanza. Las flores mueren en mi piel. Algo empieza a romperse en mi pecho, una pequeña grieta. Hay daños estructurales. Y sale de ella el viento como garras, alzándose hacia la luna y arañando la pared de mis entrañas. Me golpea, al ritmo de su nana, deseosa por salir. Me doblo entera, sosteniéndome, agarrándome el dolor. Pero no sirve ni el abrazo, ni el calor para calmar las grietas que se crean en mi interior. Me crecen las alas de un pájaro y se mueven en mi interior. Revolotea, confuso, un gorrión en mi corazón. Algo vivo picotea desde dentro a fuera, empuja, muerde, arranca mi interior. Y pide, suplica, llora, liberarse de esta cárcel. Salir al exterior. Y ver a su luna, a su madre, a su amor. Y aullarle acompañando el viejo son de su nana. Se abren más grietas en mi cuerpo. Se ramifican en mi espalda, en mi rostro, en mi pecho. En mí. Se van haciendo más grandes, se fusionan. Y ella escapa, rota en trozos, en diferentes formas, de mi interior. Me acuchilla desde dentro, una, dos, tres veces. Y sigue, continúa. Lucha como el más feroz guerrero, como el más desesperado hombre. Y se abre paso, con luz, con gritos, con dolor. Sale fuera por mis lágrimas, por mi voz. Acelera su canción la luna, aumentando mi dolor. Me destroza ella por dentro, ese ser que también soy yo, arranca la determinación de mi cuerpo. Arranca mi fortaleza, mi pensamiento. Haciéndome abandonar mi resistencia y rendirme ante ella. El último puñal desgarró mi cuerpo, haciendo que éste temblara al ser recorrido por él. Y antes de cerrar mis ojos y sumirme en la oscuridad de un sueño, la luna abre sus brazos de plata, como la madre que abraza a un hijo.


III. Madurez

He dejado correr el tiempo antes de volver para encontrarte. Siempre supe que me estarías esperando, así que nunca me di especial prisa en acabar mis asuntos pendientes y volver. Y supongo que tú sabías que necesitaba enredarme entre sus hilos un tiempo para vivir un poco más, así que no tengo miedo a encontrarme con tus ojos hoy. No es agradable dar marcha atrás, desandar mis pasos y volver a este lugar, pero he llegado hasta ese punto donde no se puede avanzar sin retroceder primero. Por eso he vuelto sabiendo que estarías tú también esperándome. Porque tú congelaste el tiempo para no avanzar literalmente en tu vida y yo di vueltas en círculos, creyendo que había avanzado y sin dar ni un solo paso al frente. Te devuelvo hoy todo lo que tomé prestado de ti sin darme cuenta y que tanto me ha ayudado estos años. Te entrego las cartas, los abrazos, las palabras y los silencios que me diste. Lo he guardado en una caja para evitar que huyesen antes de tiempo y no volvieran nunca a su dueña. Te regalo además una llave para tus cadenas, un billete de tren para iniciar tu viaje y el fin del dolor de este lugar, para que tengas un hogar agradable al que volver. No puedo darte más, mi alma no es tan poderosa como la tuya, pero ahora sí puedo prometerte algo. Estaré aquí cuando vuelvas y esta vez, no será por obligación. Te esperaré con ansia para que me cuentes todo aquello que han visto tus ojos, las lenguas que han hablado tus labios y los lugares de los cuales procede la tierra de tus zapatos. Llevas mucho tiempo siendo la que se sacrificaba por ambas, así que hoy te libero apresándome yo. Porque como no se puede vivir con medio corazón, con media vida, te regalo también mi mitad para que vueles ahora libre. Como las flores que dejamos escapar aquí, hace mucho tiempo, en un día de viento salvaje. Vive por mí ahora todo aquello que no hemos podido vivir juntas.

IV. Vejez

Querida Sara, 

Siempre quise ser una luciérnaga. Aparecer una noche cualquiera y ser el broche dorado del vestido azabache de la luna. Ser también la mensajera del verano, anunciando su llegada y encender junto a mis compañeras la ilusión en los ojos de una niña. Que me viera y creyera una vez más en la magia. Y que se le ocurrieran infantiles y tiernas ideas sobre mí, como que soy un hada disfrazada o una estrella bailarina. Es por eso que disfruté tantísimo cuando me obligabas, sin importar lo mucho que me quejara y te recitara las numerosas afecciones que atesoraba mi cuerpo gracias a la vejez, a salir afuera en las noches de verano. Y que por pequeños que fueran mis pasos y abundante fuese la ayuda que tenías que prestarme, te obstinabas a dejarme bien acomodada en una mecedora dentro de casa. Porque según tú mi corazón todavía era joven. Aunque lo cierto era que había rejuvenecido de forma súbita tras tu llegada junto con tus infantiles travesuras y aventuras en las que siempre acababas incluyéndome, de una forma u otra, como compañera de tus juegos. Así que en esa noche de verano me agarraste suavemente del brazo y me guiaste hasta un pequeño estanque escondido a simple vista. Y como por arte de magia, como si hubieran notado nuestra presencia, las luciérnagas empezaron a encenderse una a una y su luz y la de su reflejo en el agua, brillaron de forma tan fuerte que parecían querer hacerle competencia a la luna y sus estrellas. Y fue su luz, aunque solo por una noche, la más brillante del cielo. Consiguiendo despertar en mi memoria aquel deseo de mi infancia en el que tanto deseaba ser una pequeña luciérnaga.
Es por eso que te escribo esta carta hoy, para que la leas cuando llegues a una edad en la que puedas entender este sentimiento. Gracias, gracias y más gracias. Gracias por engrasar mi corazón con aires de juventud y gracias por recordarme que, si vuelvo a vivir otra vida, seré sin duda alguna, una pequeña y brillante luciérnaga de algún estanque escondido a simple vista. 


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