domingo, 17 de enero de 2016

Personas de adjetivos

Buenas tardes. Hoy os traigo un conjunto de relatos que tuve la suerte de poder publicar en un libro junto a varios de mis compañeros de clase y de otros institutos. Los textos giran entorno a la idea de conseguir que el lector sienta a través de las palabras utilizadas el adjetivo que los titula. ¡Espero que los disfrutéis!

Personas de adjetivos.

Amarillo. Amarilla.
Era como la luz de una mañana de domingo. Iluminando la habitación al colarse suavemente entre las cortinas. Acariciando cada objeto, rincón, recoveco… casi acariciándote. Era una tostada por la mañana, cubierta de dulce miel. Miel que caía espesa, lenta… de la cucharilla al pan. Con tiempo, con pausa… dibujando surcos de oro en un lienzo blanco. ¿Dulce? Sí, dulce pero ácida. No era ninguna rosa blanca, no tenía la elegancia de una orquídea, ni la inocencia de una margarita. No, ella era como… ¡un tulipán! Eso era ella, un precioso tulipán. Efímera, resplandeciente una vez al año, y luego desaparecía, perdurando todavía en tu memoria. Era como la luz, pero no cualquier tipo de luz. Una luz cálida, suave… La luz que adorna un paisaje de Van Gogh. Suaves campos alumbrados por antorchas, antorchas resplandecientes… Antorchas que son suaves plumas. Suaves plumas de un plumaje. Un plumaje que es un campo de maíz. Un campo iluminado por las últimas luces de una tarde de verano, sacudido por un viento cálido. Como una mano, una mano larga y suave que acaricia la melena dorada del maíz.
Ella era como un destello, como la tierra también. Ella era como la luz de las mañanas, el canto de pájaro. Como un suspiro, sí, justamente como un suspiro.
Cálido. Cálida.
Supongo que para mí siempre fuiste eso. Un chisporroteo pausadamente alegre, o alegremente pausado. Un hogar al que acudir. Sí, supongo que siempre fuiste mi hogar. Con tus bombones de licor en navidad, la luz templada, el sonido de las copas al brindar, las risas y el pan. Siempre fuiste una suave, sabrosa y mullida miga de pan recién horneado. Uno de esos momentos en los que se te ponen las mejillas de color fresa y sabes que se te han puesto porque notas que son como dos pequeñas estufas. Y quizá, y solamente quizá, seas el color melocotón en mi escala de grises que cuando está contigo empieza a tornarse de color anaranjado. E igual somos eso, dos hojas de otoño en un collage del colegio, tú preciosa y redonda, con forma de pica y color otoño y yo puntiaguda, seca y verde enfermo, pero si algo sé en esta vida es que no hay color que mejor se mezcle con el mío que tu color de mantas y té en un día tan frío como hoy.
Vivaz.
Me gusta ese tipo de personas. Normalmente, no llego a ver nunca su rostro, no me paro en sus detalles. Conociéndoles de mucho o de poco, nunca llego a distinguir sus facciones. Sin embargo, sí veo cómo son. Les veo a partes, a objetos, a sensaciones, pero les veo. De una forma mucho más profunda que con un par de ojos. Podríamos describirles como el cabello ondulado. Sí, el cabello ondulado al viento, retorciéndose en él, como si intentara deshacerse de unas ataduras. Como si el mundo le sobrara. Son como el agua con truenos, con rayos, con bengalas chispeantes llenas de movimiento. Son como un grito en el vacío, como llorar de risa, como reír de estómago. Son como un punto y coma, nadie sabe dónde ponerlo pero lo pones igualmente. Como un complemento directo puesto al azar pero que te sale bien. Son como dibujar en el vaho, como bailar cansados pero con la música todavía corriendo por tu cuerpo. Un “¡Arrancad las puertas mismas de sus goznes!” de Walt Whiteman en su Canto de mí mismo. Y un quedarse sin aliento pero llenarse de pura satisfacción. Porque ser una de esas personas es ser como un final sin ser final, un inicio sin ser inicio y una persona sin ser persona.


sábado, 2 de enero de 2016

Palabras blancas

Palabras blancas



Antes era capaz de escribir palabras blancas. Palabas con formas dulces, redondas, como la redondez y plenitud del sonido de la A, mezclado con la dulzura del sonido de la I. Antes era capaz de pintar mis palabras blancas de colores suaves y calmados. Podía tener palabras blancas pintadas de rosa palo mientras hablaba de cualquier cosa. Ahora, siento que mis palabras son grises. Grises y minúsculas, enrevesadas, complicadas. Echo de menos la sencillez de mi creación pasada. No sé si este gris marengo es mejor que mis azules cielo. No sé si alguien podrá perderse más fácilmente en él, si verá una belleza desmesurada o si podría admirarlo profundamente pero me da igual. Yo disfrutaba con mis azules y rosas palo. Sentía que fluían dentro de mí y que escapaban con facilidad por mis dedos, como pequeños gorriones. Ahora siento que la opresión que se cierne sobre mí, ha pasado también a encarcelar mis palabras y que los barrotes que oprimen y ciegan mi corazón, las han teñido y apocado también. Siendo yo mi propia carcelera, siendo yo mi propia secuestradora... ¿Me he convertido también en asesina de mis amadas, amadísimas palabras blancas?
Creo que me estoy haciendo pedacitos. Destruyendo lentamente la persona que había formado a base de cinta aislante y esfuerzo. A aquella que arrastré por muchos caminos llenos de agujas que se clavaban en ella y le hacían querer rendirse. A aquella que se puso a gatear y luego se puso a andar, aunque las cadenas invisibles de sus tobillos le negaran esa posibilidad. Creo que me estoy haciendo pedacitos, después de tanta lucha, de tanto esfuerzo. De tantos golpes, de tantas heridas y de tanta arena corriendo entre mis manos. Me estoy haciendo pedacitos en el momento de correr. Gateé, andé, caí pero me mantengo erguida y ahora que toca correr, un pequeño golpe hace que se desmorone la fortaleza. El paso más decisivo lo ha roto la tijera del miedo, de los problemas pequeños, manejada por un monstruo desconocido. Y yo... Yo me he hecho pedacitos. Me he derretido, he caído de rodillas y he aceptado la derrota. La he abrazo casi con fuerza. He permitido que las cadenas sean realmente cadenas, sean realmente una limitación. Justo cuando iba a echar a correr, me he dado cuenta de que ya no me quedaban fuerzas para un último asalto.
He aceptado los zapatos que me daba la vida a cambio de que ella tuviera el control de mis pies. He dejado que me curaran las heridas, a cambio de encadenar mis manos. Y ahora, rendida, cautiva, destrozada y condenada por el miedo, recuerdo que iba a echar a correr antes de esto. 
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