viernes, 19 de junio de 2015

La vida de otros

Hola a todos, hoy os traigo el relato con el que he ganado el concurso de literatura de mi instituto este año.
Espero que os guste.

La vida de otros.



N.0 Yo
Siempre estuve aquí, y espero permanecer en este lugar durante toda mi existencia. No es que sea alguien a quien no le guste ver mundo, que su mayor aspiración en la vida no va más allá de no irse del lugar en el que nació. Es, simplemente, que el hecho de vivir está unido sin remedio a este lugar y en el momento que, por alguna razón del universo, mi alma deje de vivir en estas mismas baldosas, que deje de mirar este mismo cielo y sentir estos mismos árboles… en ese momento, yo dejaré de existir.
No es algo que me preocupe especialmente, ni que me dé quebraderos de cabeza. Es una verdad que asumí al vivir mi primer día, una verdad que formaba parte de mí mucho antes de mi existencia. Una parte de mí que estaba predestinada, al igual que todas mis semejantes. Y no me quejo, ¡por supuesto que no me quejo! ¿Quién se quejaría de una vida como la vivo yo? De oír el canto de los pájaros cuando se rompe el alba, de sentir los pasos de la humanidad en tu piel, de sentir la luz de lleno, asomándose por el horizonte llano, acariciándote. De poder oír las risas infantiles, parecidas al sonido del agua que cae de la fuente, de oír también sus juegos, y sus llantos. ¿Te quejarías tú de oír cómo el aire mece la hierba, con su mano dulce? ¿De hablar con la silenciosa noche, a la luz de las estrellas? ¿O quizá te quejarías de perdurar? Perdurar por los tiempos de los tiempos, por los siglos de los siglos. Anclada a estas mismas baldosas que pisas, sabiéndome inmortal y viendo la vida de muchos pasar. No me quejo, querido lector. La inmortalidad indefinida, mi inmortalidad, podría ser para muchos un castigo, ¡una maldición, incluso! Todos ellos alegarían que verías cómo tus seres queridos van muriendo, uno a uno, mientras tú vives. ¿Hay mayor tortura que la soledad de una vida eterna? Dirían ellos. Mi inmortalidad nunca ha sido solitaria y sé con certeza que no será eterna. Podríamos decir que soy longeva, pero no incapaz de morir. No tengo a quién querer, a quién amar o quién considerar una familia. De hecho, nadie sabe de mi existencia pero nunca nadie supo de ella. Amo, eso sí, a mucha gente. En silencio, sin que se percaten, sin que sepan que lo hago. Les vi crecer, madurar y envejecer, siendo para ellos poco más que suelo y siendo ellos para mí una forma de vida. Quizá no tenga una vida exactamente, ya que vivo amarrada a un pequeño trozo de ciudad, pero sí vivo a través de quienes me habitan. Siento lo que ellos sienten, río cuando están felices, lloro cuando están tristes y soy testigo, testigo de sus logros y derrotas, de sus preocupaciones e ilusiones. De todo cuanto vivan en mí, soy testigo y protagonista.
Una protagonista muda, invisible, inexistente. Una participante que nadie advierte. Una calle.

N.1. Los pasos.
Es importante para una calle conocer bien los pasos. Cada paso depende de la persona que los da, al igual que cada mirada depende de quién mire. Caminar es la forma que tenemos las calles de conocer, es nuestra forma de sentir al que nos pisa, al que nos vive. Podríamos decir que los pies de un hombre para una calle son como los ojos de un humano para su semejante. Son espejos al alma. Una calle no conoce a un hombre hasta que éste la vive, hasta que éste la camina y ella le siente. Por ello, cada paso es diferente y las calles debemos conocer bien los pasos.
Uno de mis pasos favoritos son los que tienen colores de primavera. Una mezcla entre amarillo, verde, azul y rosa pero en tonalidades suaves. Siempre son sorprendentes pero todos tienen algo parecido. Una misma esencia que hace que me recuerden al sabor de los paraguayos en una mañana de julio. Son pasos sencillos, sin mucha ornamentación pero profundos e intensos. No son pasos que se llevan a la ligera, pero tampoco son complicados de caminar. Cuando los caminantes de estos pasos me pasean, es como si fueran una delicada mariposa. Una mariposa a la cual casi puedo rozar sus alas frágiles y cristalinas. Otras veces, me recuerdan a un gorrión a punto de echarse a volar, justo cuando está extendiendo sus alas.
También me gustan los pasos con sabor a otoño. En ellos, puedo sentir el viento en todo su esplendor, las gotas que caen en una tarde de lluvia y el color de sus nubes grisáceas. Pero también puedo sentir en ellos la calidez del hogar, el olor de las páginas de un libro y los colores rojizos de las hojas que me tapizan en los meses de septiembre. Son pasos tranquilos, reflexivos y lentos. Unos pasos que observan el mundo, que se deleitan con él y que lo estudian. No son pasos tristes pero su felicidad no es explosiva, como en otros. Es una felicidad que se desgrana lentamente, despacio, tomándose su tiempo. Estos pasos, me recuerdan con frecuencia a una sonrisa cansada al terminar el día, al sonido de una pluma al rasgar el papel y al olor de las castañas asándose en el fuego. Me gustan esos pasos.
Por supuesto, no todos los pasos son agradables. También existen los pasos fríos. Esos que se caminan rápido, casi con enfado, con ganas de romper el suelo de rabia. Esos pasos que me duelen cuando me cruzan, que hacen que no quiera volver a sentirlos jamás. Esos pasos también existen.
Es sencillo identificarlos después de tantos años de práctica, es casi como si tuvieras una enciclopedia en la cabeza y no se necesita más que un roce para saber qué paso es. También es verdad que a veces es más complicado, principalmente porque siempre surgen pasos nuevos y distintos, y en esos casos tienes que estudiarlos bien para poder distinguirlos la próxima vez. Luego hay algunos que son una mezcla de varios pasos y pueden acabar siendo un auténtico quebradero de cabeza. Cada calle, como cada persona, tiene su propio método. Aunque todas nos basamos en unos mismos principios. No es que sean principios escritos de antemano, ni obligatorios de seguir, simplemente los usamos por… puro instinto.
Mi método no es que sea especial pero es efectivo y al fin y al cabo, es lo que buscamos. Una forma rápida y segura de saber quién te pasea y cómo lo hace.
Mi primer paso es siempre el mismo, escuchar sus pisadas. Porque sí, cada pisada, casa paso, tiene un sonido característico. Algunos tienen una voz más dulce, más aguda; otros, la tienen muy calmada, pero muy agradable; algunos, parece que estén gritando de alegría y otros, otros parecen estar chillando de auténtica furia. Dependiendo de su voz, voy orientando mi estudio en una dirección o en otra, pero sin dejar de valorar las demás, ya que nunca se sabe. El siguiente paso de mi investigación viene a ser su forma de pisar. Este paso es clave y suele ser definitivo a la hora de decidir qué tipo de paso es el que estamos evaluando. Depende de su forma de apoyar el pie, la intensidad con la que lo hace, ¡el carácter con el que lo hace! Y ante todo, la forma en la que durante unos segundos deja de pisarme. Normalmente, es difícil que algún paso no salga identificado del segundo paso pero si se da el caso, aún tenemos una tercera opción. Identificar el color del paso. Cada pisada tiene un color (o unos colores) especiales, que la caracterizan y hacen que pertenezca a un grupo u otro. No es lo mismo una pisada lenta, dulce, suave, como la miel que cae desde la cuchara hasta la tostada, como la luz que se cuela entre las cortinas y te despierta con una suave caricia… Que una pisada rápida, sonriente, casi salvaje. Como una melena de bucles castaños ondeada por el viento en plena tormenta, como los helechos que crecen en los jardines deshabitados y un riachuelo de las montañas, que baja riendo con velocidad. No es lo mismo, ¿verdad?

N.2. Los zapatos.
¿Cuántas veces te has preguntado cómo se sienten tus zapatos? Déjame adivinar… tantas como te has preguntado cómo se debe sentir una calle cuando la pisas. Los zapatos son un elemento importante para que una calle como yo pueda conocerte bien. No es por su color, por su forma, por su material, estilo o coste, es algo mucho menos banal y material. Se trata del carácter de ese zapato y el carácter que va tomando a medida que los usas.
Un zapato tiene su propia personalidad, por supuesto. Pero una vez que son usados por su dueño, éstos comienzan a cambiar. No del todo, no creas que puedes usurpar su capacidad de pensar y sentir, que puedes borrarlo a él y convertirlo en ti. Puedes transferirle parte de tu alma, de tu ser, puedes entremezclarte con él pero jamás conseguirás que tus zapatos sean tú.
A lo largo de toda mi vida he conocido a muchos zapatos. Algunos eran rojos, otros alargados, otros estaban muy en forma y a otros les gustaba más pasear con calma.  He conocido a zapatos viejos, jóvenes, vitales y medio muertos, pero nunca olvidaré esos zapatos.
Hubo unos zapatos a los que no pude evitar cogerles especial cariño. Fueron unos zapatos que llegados un momento desaparecieron pero su esencia apareció en otros. Y luego en otros, y en otros… Es cierto que a medida que iba pasando el tiempo iba viendo menos a la esencia de mis zapatos favoritos. Que llegado un momento lo veía alguna semana de verano, en los cumpleaños, en Navidad… Alguna vez venía de visita y cuando lo sentía andando por mis baldosas, por mucho que hubiera crecido y cambiado, siempre sentía cómo mi callejero corazón bombeaba con más fuerza.
En el fondo, había visto crecer a esos zapatos. Aunque empezaron siendo marrones, luego pasaron a ser rojos y durante una etapa cada día eran un par distinto. Aunque cambiaran de aspecto, siempre serían mis zapatos favoritos. Me gustaba cómo hablaban. Y amaba, amaba con un cariño fraternal que pocas veces desarrollaba, a aquel que los llevaba.

N.3. La vida.
Es difícil vivir siendo una calle. No por estar en un mismo sitio siempre, ni porque te pisen o por vivir mucho más que otros. Es duro ser una calle porque nadie jamás se para a pensar en ti, porque todos saben que existes pero nadie lo sabe realmente, porque por mucho que tú sientas tanto como ellos sus desgracias, sus emociones… Nunca lo van a saber. Es duro ser una calle. Duro en el sentido de que eres insignificante para los que te rodean, que nadie llega ni a imaginarse el daño que me pueden llegar a provocarme al no existir para ellos tal y como ellos existen para mí.
Nunca he llegado a aceptar del todo esta situación, la verdad, pero poco a poco he ido aprendiendo a acostumbrarme y a vivir con ella. Me duele cuando es obvia o cuando me empiezo a hacer preguntas existenciales como “¿Seré recordada por alguien? ¿Merecerá la pena vivir con la condición de ser anónima? ¿Realmente quiero que esto ocurra?”. Pero, tras unos cuantos golpes y decepciones, empecé a intentar ver el mundo desde la perspectiva que parecía hecha para mí. Dejando de lado mis aspiraciones a sentirme importante para alguien, de existir como un ser y no como una cosa. De que alguien me salude por las mañanas, que se percate de mí. No vivo mal, no te confundas, soy feliz. Vivo intensamente cada minuto, cada segundo.  Los vivo a flor de piel, de una forma mucho más profunda que cualquiera de vosotros. Vivo con ansia, con furia, con amor y odio a la vez y por mucho que puedan decir, no vivo por vosotros. No soy vivida por alguien, vivo por mí misma. No soy quien me desgasta las aceras, soy quien decido que sus pisadas son suficientemente importantes como para desgastarlas. Me pisarán cientos, me pisarán miles de personas… pero solo unos pocos, una ínfima cantidad de personas, serán reales para mí.
Nací adulta, madura, ya construida. Nací para cumplir una función, un trabajo, sin que nadie se planteara la idea de darme un periodo de aprendizaje. No aprender a realizar mi labor como calle, una labor que corría entre mis piedras… No. Aprender a sentir, a crecer, a asumir lo que ocurría en mí. Un periodo en el que conocerme a mí misma, sin tener que improvisar sobre la marcha. En el que poder enseñarme a sobrevivir. Pero nadie me dio ese tiempo y viví durante muchísimo tiempo tejiendo un camino a ciegas.
A día de hoy, no preciso de ese periodo. Nací adulta y maduré vieja, vieja y joven, al mismo tiempo. Aprendí a vivir con rapidez, con fervor, con pasión y a hacerlo de forma lenta, delicada, elegante, y cuando era capaz de dominar ambas… empecé a vivir de forma pasional, pero sabia a su vez. Sabiendo que por mucho que me pesara, por mucho que me doliera, nadie sabría nunca de mí y endureciéndome e impidiendo que ello me afectara demasiado.
Viví días muy oscuros en su tiempo. Periodos que no quiero recordar y aunque me niegue a hacerlo, siguen taladrando de vez en cuando mis entrañas. Periodos que me duelen, pero que son los que hacen que el día de hoy por fin asuma mi verdad.
Soy una calle. Una calle pequeña, bonita pero no hermosa. Una calle típica de barrio, con sus casas, sus árboles, sus bancos y sus gentes. Insignificante si yo realmente quiero verme así, pero grandiosa, si por el contrario, decido ser así.
 Porque soy una calle, sí, pero ante todo… Ante todo soy.



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