lunes, 22 de mayo de 2017

Poco a poco


Tras unas semanas de esfuerzos titánicos, estoy aquí de nuevo. No traigo relatos ni poemas ni reseñas... Ni nada literario en verdad. Sigo sin poder escribir y afirmarlo me duele tremendamente. Pero es la realidad, es la única realidad y hay que aceptarla. No puedo escribir. Evidentemente no estoy hablando del síndrome de la página en blanco ni nada por el estilo. Es simplemente que no puedo hacerlo. Es superior a mí, me supera. Y hace unos meses era porque se desbocaban mis emociones y en vez de liberarme, la escritura solo me hacía más daño pero ahora, no creo que sea por eso. De hecho, estoy bastante segura de que no es así y que se debe al miedo, probablemente. Al miedo de esas emociones sin control, al miedo de no ser capaz de volver a escribir como antes, al miedo de no poder disfrutar con ello igual. Miedo a que no haya sinceridad en mis palabras. Y sé que no puedo dejar que ese miedo me paralice, sin embargo, cuesta tantísimo hacerle frente. Y hay tantas cosas de las que me he de hacer cargo que poco a poco voy retrasando el momento de reencontrarme con mi "yo literaria". Quizá debería encabezar mi lista de prioridades, porque es algo que necesito para estar bien pero resulta que estar bien va detrás de otras tantas obligaciones. Por elección propia, aunque quede mal decirlo. 

Estos últimos días han sido arrolladores para mí. He estado luchando, sin querer pero queriendo. Mirando por el futuro en vez de por el ahora e intentando ser responsable con mi vida. Y cuesta. Cuesta mucho y duele. Es como acuchillarse a uno mismo, pero creo que lo estoy haciendo bien. Estoy haciendo frente a mis problemas y a mis miedos, torpemente pero lo estoy haciendo. 
Es dificil para mí escribir así. Al fin y al cabo, estoy siéndole franca a todo aquel que lea esto. Estoy siendo franca, totalmente franca. Así que, voy a repetir una frase que últimamente aparece mucho por mis pensamientos.  
Tengo miedo. 
Tengo miedo porque miro en mí y no queda fuerza para resistir, porque veo que no parece acabarse nunca el bache duro de mi vida, porque muchas veces los momentos buenos o las consecuencias no parecen suficientes para retenemerme aquí. Y sobretodo, tengo miedo a fracasar tras tanta batalla ganada. Tras tanto sufrimiento y fuerza gastada. Tras haberme dejado tanta tanta vida en el intento. 
Tengo miedo. El mundo es un lugar aterrador y poco a poco voy a tener que hacerme paso en solitario a través de él. Sin embargo, este miedo siempre queda anulado por una fuerza mayor y aplastante que llega en mis momentos límites. La apatía. La apatía llena de indiferencia. Estoy cansada, cansada, cansada. Y ya ha llegado un momento en el que me da igual el miedo, el futuro, lo que pasará o no pasará, y el fracasar. Dejo lentamente de tener sentimientos. Se va la tristeza, el enfado, la rabia. Simplemente no hay nada dentro de mí y todo deja de importarme. 


Sin embargo, puedo hablar ahora de ello porque estoy en un momento donde no me afectan en exceso ninguno de los dos. No estoy bien (qué novedad) pero, aunque en momentos de agonía y desesperación todo me parezca horrible, creo que estoy saliendo del agujero. 

Sé que es un proceso largo, de años y a veces me carcome por dentro la impaciencia, pero empiezo a sentir que, aunque quizá las cosas a mi alrededor no hayan cambiado excesivamente, algo fundamental ha cambiado en mí. Y que quizá aún me quede camino para volver a ser feliz, pero ya puedo ver algunas cimas conquistadas a mi paso, y aun siendo pocas y quedándome poca fuerza, sienta bien. Es cierto que mi yo emocional ahora mismo se encuentra "encarcelado" y el que habla es mi yo racional, que lo ve todo desde una perspectiva mucho más objetiva, pero de alguna forma me estoy sintiendo en calma. Poco a poco, pero avanzando. 

sábado, 28 de enero de 2017

Mi nombre sigue siendo Leonor

Querido, lector.


Hace tiempo que no me siento a escribirte de forma seria. Ya sea por no poder, no querer o por ambas cosas al mismo tiempo. Este blog se abrió hace casi cinco años, sin una idea muy clara de lo que iba a ser y con un contenido bastante variado que con el paso de los años ha ido centrándose más y más en el mundo literario. Y dejando atrás la música, el cine y otras entradas aleatorias que solía hacer. También ha pasado por muchos periodos de inactividad, y otras de actividad fluctuante pero siempre he deseado mantenerlo abierto. No es una grandísima obra de la que sentirse orgullosa pero es agradable ver a mi joven yo reflejada en esas entradas y es divertido retomar alguna vez el blog. 

La realidad es que no tengo nada escrito que sea digno de dejar por aquí, y tampoco me apetecía hoy dejar un fragmento literario aquí. Así que he decidido que Secretos del futuro se vuelva más flexible o volverme yo más flexible con Secretos del futuro. Y simplemente compartir lo que me apetezca. Como una bitácora, un diario o una serie de cartas a un amigo lejano. Porque ahora mismo siento que necesito a ese amigo lejano inexistente, al que poder hablarle de cualquier cosa y sin temer herirle. ¿Podrías ser tú entonces esa persona para mí, lector? Espero un sí por respuesta. Y aunque sea un no, actuaré como si fuese al contrario. Al fin y al cabo, es mi decisión escribir y la tuya es si leer o no. 



No es fácil tomar decisiones. Y todavía es más difícil tomar una decisión que conlleva aceptar el fracaso en ella. Hablando en términos personales, me cuesta especialmente aceptar el fracaso. Mi vida no ha sido un camino de rosas, pero dentro de ella he tenido siempre la opción de convertir la debilidad en un escalón para seguir ascendiendo. Por ello, nunca me he enfrentado al fracaso cara a cara. Sin embargo, no se puede vivir siempre así. Es algo que racionalmente ya entendía pero que emocionalmente no había asumido hasta hace relativamente poco. No se puede vivir usando tus debilidades, tu fragilidad como un impulso más para salir del paso. ¿Cómo explicarlo? Puedes acumular heridas y seguir andando hacia delante, pero si no paras voluntariamente y te tomas un momento para curarlas y recobrar el aliento, el momento simplemente llegará. Quieras o no, una herida romperá el saco y ya no dependerá de ti si caminas o no. Estarás obligado a parar y descansar, a curarte. Todos tenemos un límite y debemos aprender a gestionar nuestros esfuerzos teniéndolo siempre en cuenta. Pero también soy de la opinión de que no se puede aprender a hacerlo sin haberlo sobrepasado antes. Todos tenemos que tocar fondo. Y una vez lo tocas, evidentemente es doloroso. ¿Por qué lo evitaríamos a toda costa si fuese algo agradable? Pero también es liberador, en cierta forma. Quizá porque ya no puedes ir más hacia abajo, o quizá porque ahora solo se puede subir para arriba.
La cuestión es que recientemente me he enfrentado al fracaso, a lo que significaba el fracaso para mí, y me siento bien. Como si hubiera vuelto a ir hacia adelante tras estar yendo marcha atrás durante mucho tiempo. No quiero pintarlo tampoco de rosa, no estoy en mi mejor momento. No es como si ahora dijera ¡wow, quiero sentirme así todas las mañanas de mi vida! También tengo miedo. Mucho miedo, y estoy angustiada. Muchas de las cosas a las que me enfrentaba antes siguen estando ahí y no han rebajado la intensidad, pero por primera vez, me he sentido bien conmigo misma. 
Como estoy siendo franca, también diré que esto me ha acarreado un sentimiento negativo también. Ahora la soledad es más palpable. Por fortuna, tengo a una familia maravillosa que me quiere y tengo a personas apoyándome pero no me refiero a ese tipo de soledad. Gracias a esto me he dado cuenta de que voy a un ritmo distinto al de los demás. No es algo malo, pero siento que me estoy quedando poco a poco atrás. Sé que es algo a lo que tengo que habituarme. Porque ahora es un momento para mí, para ir a mi ritmo, al que yo necesite. No al que otros me impongan, ni al que yo misma me obligue a imponerme. Pero saberlo no hace que deje de ser desagradable. Me gustaría tener a alguien que su vida fuera al mismo ritmo que la mía, pero es lo que hay. Que no me sienta bien con ello es importante, ya que antes ni siquiera me daba cuenta de lo atrás que me estaba quedando. La incomodidad es uno de los motivos más fuertes que nos pueden llevar a cambiar una situación, ¿no es cierto? Aunque en la vida no es tan fácil hacerlo como decirlo. 
Resumiendo mi carta de hoy un poco, simplemente diré que estoy asustada. Tengo miedo de quedarme atrás, de no recuperarme a tiempo. Pero está bien que tenga miedo, está bien para mí. Porque por primera vez desde hace muchos meses, me siento asustada por algo y yo misma no estoy dentro de ese algo. Por primera vez, he dejado de ser mi propio enemigo. Y es un alivio poder empezar a contar conmigo misma. Un grandísimo alivio y también un arma muy poderosa. Porque tras mucho tiempo sin poder encontrarme ni reconocerme, hoy al menos puedo decir con seguridad una cosa sobre mí:

Mi nombre sigue siendo Leonor


jueves, 15 de septiembre de 2016

Adiós, querido Ángel



En esta entrada voy a alejarme de la temática literaria del blog para hablar de un tema que abarca a mi entorno personal. 
El día de hoy me he enterado de una noticia llena de tristeza para mi entorno y para mí. En el periódico anunciaban que la vida nos había arrebatado al que fue en su momento mi profesor de matemáticas, Ángel Ramirez. Así que he decidido dedicarle una pequeña parte de mi blog para hablar de lo que significaron para mí sus clases y cómo influyeron sus enseñanzas en mi vida.


Ángel nos enseñó, a través de sus clases de matemáticas, que en un mundo construído para escalar los unos sobre los otros. Que en un mundo donde nos enseñaban a competir a toda costa, a preocuparnos por nosotros mismos y por nadie más... El trabajo en equipo, el respeto mutuo, el compañerismo y el tender la mano a aquel que lo necesitara era posible. Y no solamente posible, indispensable, necesario, vital. Ángel nos enseñó a pensar por nosotros mismos, nos habló sobre la importancia de tener inquietudes en un mundo en el que hacen todo lo posible por volverlos ignorantes. Nos demostró que en la vida hay cosas imprescindibles que, aunque deberían enseñarse en las aulas, no se hace. Y quiso hacerlo, desde sus clases de matemáticas nos enseñó a debatir, a argumentar, a respetar, a tolerar, a aprender. Nos veía a todos como una enorme responsabilidad sobre sus hombros. Una mente que debía ser tratada con delicadeza, moldeada y ayudada a formarse. Una mente que tenía infinitas posibilidades pero que un paso en falso por su parte podía ayudar a que esas posibilidades decrecieran. O al contrario, que aumentaran. 

Y sin saberlo, Ángel nos dio un modelo a seguir. Alguien a quien respetar, admirar y apreciar. Se convirtió en un profesor querido y que guardaremos siempre en nuestros recuerdos. Porque Ángel Ramirez decidió que no quería enseñarnos únicamente una materia aburrida para que nos dedicáramos a vomitar contenidos para subir de curso. Decidió que quería que entendiésemos la belleza de las matemáticas y decidió darnos unas lecciones de vida para enriquecernos, no solamente como estudiantes, también como personas. 

Es por eso que a pesar de que ya nunca más podremos volver a verle, seguirá vivo en todos los que consiguió influenciar. Y que como yo, no le olvidaremos nunca. 


D.E.P Ángel Ramirez. Un gran profesor y una grandísima persona. Admirado, respetado y muy querido.  

lunes, 12 de septiembre de 2016

Cactus



Cactus


Mi corazón es un cactus. Lleno de espinas que crecen lentamente, agrandando mis heridas. Destrozándome el alma. Con cada latido, cada bocanada de mi corazón por vivir, colabora a agrandarlas. Sin saberlo, sin poder evitarlo. Su deseo por seguir viviendo es el que hace que yo siga sufriendo. Y las espinas se clavan en mí. Porque si soy un cactus, qué más da. Ocultarlo solo hará que duela más, porque tendré que tragarme las lágrimas de dolor mientras me acuchilla mi corazón. Así que por una vez, me gustaría ser valiente. Ser valiente y dejar que me duela y que se vea. Que se vean mis espinas. Que atraviesen no solo mi corazón, también mi piel y dejen cicatrices que no pueda ocultar. Que me obliguen a llorar desde dentro, desde el alma y frente al mundo. Poder demostrar que también soy frágil, que estoy temblando, que soy pequeña. Alguien ha puesto sobre mis hombros unas expectativas muy grandes, tan grandes que es imposible ahora dejar ver al cactus de mi corazón. Y si no lo consigo, quiero poder ser valiente para plantarle cara al dolor. Y segar las espinas de mi cactus, hasta que el dolor vuelva a ser corriente. Porque tampoco deseo vivir sin dolor. Ser valiente para coser mis heridas y guardarlas en el recuerdo. Y si tampoco soy capaz de eso. Si todo sale mal esta vez, entonces quiero ser más valiente de lo que nunca he sido antes. Quiero sonreír, aceptar mi dolor vital y apagar el ímpetu por vivir de mi propio corazón. Porque mi corazón es un cactus. Un cactus que me mata para vivir. 

miércoles, 3 de agosto de 2016

Una joya ignorada de la animación japonesa.

Tras una ausencia bastante prolongada, he vuelto con una entrada fuera de la temática que toco habitualmente. Sin embargo, pese a encontrarse en un formato visual, creo que realmente podemos considerar a esa joya de la animación japonesa como auténtica poesía visual. Estoy hablando, ni más ni menos, que de Mushishi. He decidido dividir esta entrada en las siguientes partes: Introducción+ficha técnica, sinopsis, y opinión personal. ¡Allá vamos!


Cabecera


Introducción:

Mushi-shi es una obra original dibujada y escrita por Yuki Urushibara. Fue publicado en Japón por las editoriales Kondansha y Afternoon. Su publicación se inició en noviembre de 1999 y finalizó el 25 de agosto de 2008. Hiroshi Nagahama se encargó de dirigir la serie de animación que adaptaba dicha obra y su continución. El estudio encargado de dicha animación fue artland, fue emitida la primera temporada entre el 23 de octubre de 2005 y el 19 de junio de 2006 y la segunda entre el 5 de abril de 2014 y el 19 de mayo de 2015. Constando la primera de una duración de 26 episodios y un especial y la segunda de 22.

Escena de Mushi-shi

Sinopsis:


 Los Mushi son seres cercanos al mismo origen de la vida. Su forma y existencia es difícil de discernir. Tanto que sólo unos pocos elegidos son capaces de verlos. Ginko, el personaje principal, es uno de esos pocos, como Mushishi (maestro de Mushi) recorre el mundo ayudando a aquellos cuyas vidas se han visto trastornadas al entrar en contacto con estas extrañas criaturas.

Escena de Mushi-shi

Opinión personal:

Sencillamente, maravilloso. Nos encontramos ante una serie de relatos cuyo único hilo conductor es Ginko, el protagonista, que va viajando por todo Japón en busca de personas cuya vida ha sido afectada por las criaturas llamadas Mushi. Como he dicho al principio, es pura poesía visual. Además de que cada capítulo muestra una historia distinta repleta de profundidad, nos obsequia con unas escenas llenas de belleza, unos escenarios maravillosos y una música que casa perfectamente con el ritmo de la historia y que, en conjunto, convierte la visualizacion de Mushi-shi en una experiencia única. Excusándose en la fantasía, el creador hace una representación de situaciones de la vida, de sentimientos, de la vida misma, disfrazándolos con la idea de que el ser humano que los sufre está bajo el efecto negativo de un Mushi. En mushi-shi podemos encontrar historias de duelo, de amor, de rechazo, de deber, de enfermedad, de culpa... En un marco de fantasía y absoluta belleza, contadas con un ritmo lento y armonioso y repletas de musicalidad.
La mezcla de una excelente animación, un guión maravilloso y una música única, convierten a Mushi-shi en una obra de arte y una joya de la animación japonesa que, por desgracia, no ha tenido todo el eco de que debería tener una obra de su categoría. 
Cabe decir, que no todo es bueno en Mushi-shi. Mientras que el diseño de los escenarios se podría considerar uno de los mejores trabajos dentro del mundo de la animación, el diseño de los personajes resalta por su pobreza. Llega incluso a ser complicado distinguir a unos de otros, sin embargo, no me resulta del todo molesto. Ya que es compensado por sus innumerables puntos positivos. 
Eso sí, no es para cualquier público. Aquel que tiene pensado ver Mushi-shi debe saber de antemano que no se encontrará con un anime fácil de ver. No hay explosiones, no hay batallas ""épicas"", no hay personajes canónicos superficiales, ni pelos de colores, ni trajes extraños, ni personajes con cuerpos imposibles... Mushi-shi es díficil de ver, es calmado, es lento, es profundo. Es exigente con sus espectadores, cualquiera no puede ver Mushi-shi. Quizá ahí reside la clave para saber la razón por la que no se ha hecho tan conocido. Porque muestra personajes reales, con sentimientos y reacciones reales bajo un velo de fantasía.
Como esto es un blog esencialmente de literatura, creo que sería idóneo buscar un libro con el que comparta la misma atmósfera. Ese sería sin duda El Santo del Monte Koya y otros relatos de Izumi Kyōka.


Para terminar, me gustaría dejar una serie de imágenes de Mushi-shi para que os hagáis un poco a la idea de lo que estoy hablando (a nivel visual, naturalmente):

domingo, 12 de junio de 2016

Las tres edades de Klimt y aquella que fue olvidada.

¡Hola!
Tras una prolongada pausa, os traigo el relato con el que he ganado recientemente el concurso de escritura de mi instituto en la modalidad narrativa. Espero que lo disfrutéis.


Las tres edades de Klimt y aquella que fue olvidada.


(Recopilación de una vida)




I . Niñez

Tengo un bolsillo chiquitito, chiquito de verdad. A duras penas entran mis dedos de niña, aunque en su interior hay muchísimo más. Lo llevo dentro del alma, bien cosido en mi corazón. Mamá lo cosió una noche triste, con el hilo dorado de una canción. Me dijo que era pequeño, ínfimo, mínimo y simplón, pero que, si yo quería, podía guardar en él mi vida entera. A pedacitos, cachitos pequeños del tamaño de mi bolsillo, sin acumular muchos de golpe pero sin dejarlo vacío nunca. Por eso, cuando cierro los ojos como ella me enseñó, entro dentro de mi bolsillo. De mi bolsillo de hilo dorado y amor. Y en él veo los colores del pueblo y de su cachito de cielo. Puedo sentir en él el pelo de mi madre haciéndome cosquillas para despertarme y puedo oír a mi hermano cantando al mar, con los ojos cerrados y de puntillas, como un pajarillo a punto de echar a volar. Mi madre me dijo que para guardar mis trozos de vida en mi bolsillo del alma, solo tenía que amarlos mucho cuando sucedieran. 
Así que hoy al despertarme, fui de puntillas hasta la puerta de la cocina. Y ahí, bien escondido, sin que nadie me viera, observé a mamá con los ojos abiertos como si se fueran a salir. La observé con el pelo recogido en su moño flojo, dejando escapar unos mechones de noche. La observé, con aquel vestido azul de los domingos que tan bien le quedaba. La observé, con su piel tostada que hacía resaltar más su sonrisa blanca. Observé cómo iluminaba más que el propio sol la cocina, y se reía con la brisa fresca que entraba por la ventana. La observé, ahí, quieta, sin darse cuenta de que la miraba, mientras pelaba las naranjas en el borde de la mesa. Y amé, amé, y amé con toda la fuerza que guardaba en mi bolsillo del alma. 


II . Juventud

Canta la luna en su noche, una nana de madre a hija. Canta la luna en su noche, despertando a la niña dormida. Ella comienza a escuchar a su luna, a su luna amada, a su luna luna. Y se mueve, da vueltas y empieza. No necesito ningún aviso, ni escuchar siquiera su canción. Comienza en mi cuerpo el despertar, mucho antes de oír su voz. Empieza con la sensación del florecimiento de una flor. Por todo mi cuerpo crecen flores, crecen florecimientos rápidos, inauditos. El mundo corre deprisa, el ciclo avanza. Las flores mueren en mi piel. Algo empieza a romperse en mi pecho, una pequeña grieta. Hay daños estructurales. Y sale de ella el viento como garras, alzándose hacia la luna y arañando la pared de mis entrañas. Me golpea, al ritmo de su nana, deseosa por salir. Me doblo entera, sosteniéndome, agarrándome el dolor. Pero no sirve ni el abrazo, ni el calor para calmar las grietas que se crean en mi interior. Me crecen las alas de un pájaro y se mueven en mi interior. Revolotea, confuso, un gorrión en mi corazón. Algo vivo picotea desde dentro a fuera, empuja, muerde, arranca mi interior. Y pide, suplica, llora, liberarse de esta cárcel. Salir al exterior. Y ver a su luna, a su madre, a su amor. Y aullarle acompañando el viejo son de su nana. Se abren más grietas en mi cuerpo. Se ramifican en mi espalda, en mi rostro, en mi pecho. En mí. Se van haciendo más grandes, se fusionan. Y ella escapa, rota en trozos, en diferentes formas, de mi interior. Me acuchilla desde dentro, una, dos, tres veces. Y sigue, continúa. Lucha como el más feroz guerrero, como el más desesperado hombre. Y se abre paso, con luz, con gritos, con dolor. Sale fuera por mis lágrimas, por mi voz. Acelera su canción la luna, aumentando mi dolor. Me destroza ella por dentro, ese ser que también soy yo, arranca la determinación de mi cuerpo. Arranca mi fortaleza, mi pensamiento. Haciéndome abandonar mi resistencia y rendirme ante ella. El último puñal desgarró mi cuerpo, haciendo que éste temblara al ser recorrido por él. Y antes de cerrar mis ojos y sumirme en la oscuridad de un sueño, la luna abre sus brazos de plata, como la madre que abraza a un hijo.


III. Madurez

He dejado correr el tiempo antes de volver para encontrarte. Siempre supe que me estarías esperando, así que nunca me di especial prisa en acabar mis asuntos pendientes y volver. Y supongo que tú sabías que necesitaba enredarme entre sus hilos un tiempo para vivir un poco más, así que no tengo miedo a encontrarme con tus ojos hoy. No es agradable dar marcha atrás, desandar mis pasos y volver a este lugar, pero he llegado hasta ese punto donde no se puede avanzar sin retroceder primero. Por eso he vuelto sabiendo que estarías tú también esperándome. Porque tú congelaste el tiempo para no avanzar literalmente en tu vida y yo di vueltas en círculos, creyendo que había avanzado y sin dar ni un solo paso al frente. Te devuelvo hoy todo lo que tomé prestado de ti sin darme cuenta y que tanto me ha ayudado estos años. Te entrego las cartas, los abrazos, las palabras y los silencios que me diste. Lo he guardado en una caja para evitar que huyesen antes de tiempo y no volvieran nunca a su dueña. Te regalo además una llave para tus cadenas, un billete de tren para iniciar tu viaje y el fin del dolor de este lugar, para que tengas un hogar agradable al que volver. No puedo darte más, mi alma no es tan poderosa como la tuya, pero ahora sí puedo prometerte algo. Estaré aquí cuando vuelvas y esta vez, no será por obligación. Te esperaré con ansia para que me cuentes todo aquello que han visto tus ojos, las lenguas que han hablado tus labios y los lugares de los cuales procede la tierra de tus zapatos. Llevas mucho tiempo siendo la que se sacrificaba por ambas, así que hoy te libero apresándome yo. Porque como no se puede vivir con medio corazón, con media vida, te regalo también mi mitad para que vueles ahora libre. Como las flores que dejamos escapar aquí, hace mucho tiempo, en un día de viento salvaje. Vive por mí ahora todo aquello que no hemos podido vivir juntas.

IV. Vejez

Querida Sara, 

Siempre quise ser una luciérnaga. Aparecer una noche cualquiera y ser el broche dorado del vestido azabache de la luna. Ser también la mensajera del verano, anunciando su llegada y encender junto a mis compañeras la ilusión en los ojos de una niña. Que me viera y creyera una vez más en la magia. Y que se le ocurrieran infantiles y tiernas ideas sobre mí, como que soy un hada disfrazada o una estrella bailarina. Es por eso que disfruté tantísimo cuando me obligabas, sin importar lo mucho que me quejara y te recitara las numerosas afecciones que atesoraba mi cuerpo gracias a la vejez, a salir afuera en las noches de verano. Y que por pequeños que fueran mis pasos y abundante fuese la ayuda que tenías que prestarme, te obstinabas a dejarme bien acomodada en una mecedora dentro de casa. Porque según tú mi corazón todavía era joven. Aunque lo cierto era que había rejuvenecido de forma súbita tras tu llegada junto con tus infantiles travesuras y aventuras en las que siempre acababas incluyéndome, de una forma u otra, como compañera de tus juegos. Así que en esa noche de verano me agarraste suavemente del brazo y me guiaste hasta un pequeño estanque escondido a simple vista. Y como por arte de magia, como si hubieran notado nuestra presencia, las luciérnagas empezaron a encenderse una a una y su luz y la de su reflejo en el agua, brillaron de forma tan fuerte que parecían querer hacerle competencia a la luna y sus estrellas. Y fue su luz, aunque solo por una noche, la más brillante del cielo. Consiguiendo despertar en mi memoria aquel deseo de mi infancia en el que tanto deseaba ser una pequeña luciérnaga.
Es por eso que te escribo esta carta hoy, para que la leas cuando llegues a una edad en la que puedas entender este sentimiento. Gracias, gracias y más gracias. Gracias por engrasar mi corazón con aires de juventud y gracias por recordarme que, si vuelvo a vivir otra vida, seré sin duda alguna, una pequeña y brillante luciérnaga de algún estanque escondido a simple vista. 


miércoles, 20 de abril de 2016

Rota (antes y después de la corrección)

¡Hola! 
Tras tres meses sin pasarme por aquí he decidido hacer un breve inciso en mi ausencia y pasarme para traer un ejercicio interesante (y excepcional) que me ha apetecido hacer esta tarde. 
Rebuscando en mi viejo ordenador he encontrado una gran cantidad de relatos antiguos de esos que hacen que tengas ganas de ser avestruz para enterrar tu cabeza bajo tierra pero alguna cosa decente he encontrado.  Y más que decente podría decir. Así que he decidido coger ese relato en cuestión y trabajar sobre él para "mejorarlo". La cosa es que cuando he acabado me ha dado remordimientos, ¿por qué? Pues yo creo que principalmente porque ese relato en concreto lo escribí con muchísimos sentimientos a flor de piel, en una situación muy angustiosa para mí y en la que yo realmente no veía un futuro feliz. Y esos sentimientos, en la versión original y sin corregir, eran palpables, y creo que a la hora de corregirlo, aunque he ""aumentado"" un poco la calidad literaria del relato, también creo que ha perdido la gran carga emocional y expresiva que tenía. También la corrección tiene una gran carga emocional, pero es distinta porque mi yo de aquel entonces y mi yo de ahora pese a vivir en los mismos sentimientos, son por razones opuestas y situaciones diferentes. Así que no podí colgar el relato corregido sin más, porque no sería justo para las emociones que yo tenía en ese entonces y decidí plasmar en el papel. Así que voy a dejaros tanto la versión original (faltas de ortografías incluidas) y luego la versión corregida. ¡Disfrutadlas ambas!

Rota
versión original: 17/03/2014

{Rota.
Rota como los cristales.
Siempre estuve rota.}

Mis pies, enfundados en zapatillas, se deslizaban por el suelo, como en un sueño. Aunque ahora sería más apropiado el término pesadilla.
Lenvanté mis pies, con las pocas fuerzas que me quedaban, buscando la sensación de volar. La silla siguió avanzando y con ella yo, su única pasajera.
Todo me sabía a amargos limones, incluso el hecho de respirar. Todo era una misma melodía. Estaba cansada de ella. De todo, en realidad.
La vida me la había vuelto a jugar y esta vez, yo no tenía ningún As en la manga.

{Rota.
Rota como un juguete más.
Yo creía que esto no volvería a pasar}

Todo a mi alrededor perdía el interés, nada conseguía sacarme de mi atmósfera de cansancio, dolor y depresión.
Mis manos temblaban sin razón alguna, sentía como mis articulaciones se adormecían, se volvía pesadas y se cargaban. Mis párpados se cerraban por el cansancio. Cansancio de vida.
En ocasiones solo quería dormirme y despertar cuando todo pasara. Habría sido más fácil así.
La soledad, el aislamiento obligatorio, impuesto por mi situación, hacían que sentimientos viejos volvieran a mí. Viejos amigos y enemigos que conseguían hacerme recordar, y al hacerme recordar, surgieron las preguntas. Viejas preguntas también.

{Rota.
Adj. Que está quebrado o partido en dos o más partes.
Pedazos de mí.}

Las lágrimas pocas veces fluyeron, pero cuando lo hicieron fue intensamente. El miedo apareció, o revivió, después de tanto tiempo y lo hizo de la manera más intensa posible. Lo peor, es que temía a algo que formaba parte de mi ser. Lo peor es que temía a algo que jamás podría eliminar o enfrentarme a él.
La silla paró, se había acabado el pasillo. Eché ambos frenos para evitar que esta se escapara y esperé. Unos brazos me rodearon, agarrándome, yo alcé los míos para sujetarme en el individuo que me prestaba su ayuda y dividí la poca fuerza que le quedaba a mi cuerpo en dos. Parte para las piernas y parte para mis brazos por si las primeras fallaban (que, para ser sinceros, era lo más probable que ocurriera). Sentí como me levantaban con cierta cautela e intenté sostenerme en pie con mis dos piernas. Puse todo mi empeño en ello, sentí como me iba incorporando, como se erguía mi cuerpo y… Y sentí como se doblaban mis piernas, sin fuerza, bajo el peso de mi cuerpo. Como los brazos de mi apoyo humano tiraban de mi. Como intentaba incorporarme, agarrandome con todas mis fuerzas a la otra persona. Por suerte, el sofá estaba cerca. Caí sobre él cual saco de patatas y me arrastré, valiéndome de mis brazos hasta mi lado del sofá.
Ni siquiera podía moverme sola.
No podía hacer nada sola.


Estaba rota.

Rota
versión corregida: 20/04/2016

{Rota.
Rota como los cristales.
Siempre estuve rota.}

Mis pies, enfundados en zapatillas, se deslizaban por el suelo, como en un sueño. Aunque en ese momento lo más apropiado habría sido llamarlo por su verdadero nombre. Pesadilla.
Levanté mis pies, con las pocas fuerzas que me quedaban, buscando la sensación de volar. El aire trucado de un encierro amargo se deslizaba, desganado, por las suelas de mi calzado. Él, en aquel momento, también parecía cansado de todo aquello. Pero la silla siguió avanzando y yo, como su única pasajera, la acompañaba de forma fiel.
Todo tenía sabor a amargo limón, incluso continuar respirando. Todo era una misma melodía, repitiéndose de forma continua hasta el agotamiento. Y ya estaba cansada de ella. De ella y del mundo, en realidad. Había sobrepasado mi límite, ya no había fuerza en mí. Ni fuerza, ni ganas de tenerla, ni de luchar por tenerla. Era demasiado, solamente era demasiado.

{Rota.
Rota como un juguete más.
Yo creía que esto no volvería a pasar}

Todo a mi alrededor perdía el interés y nada conseguía sacarme de mi atmósfera de cansancio, dolor y depresión. No había una luz alumbrando el final del camino, ni tampoco el camino era un lugar oscuro del que deseaba salir. Era… Éramos, en realidad, de un color gris pardo. Repleto de amargura y de desesperanza. Esa fue la primera vez que mi corazón y mi cuerpo dijeron basta al mismo tiempo. No podíamos aguantar más asaltos, no en ese momento.
Mis manos temblaban sin razón alguna, sentía como mis articulaciones se adormecían lentamente, se volvía pesadas y se cargaban. Y mis párpados se cerraban por el cansancio, como si pesaran de la nada miles de toneladas. El mundo que me rodeaba parecía estar repleto de un poderoso cansancio, lleno de cansancio de vida.
En ocasiones solo quería dormirme y despertar cuando todo pasara. Y habría sido más fácil así, puedo jurarlo pero no podía darme el mundo ni siquiera ese pequeño capricho.
Y a soledad, el aislamiento obligatorio, impuesto por mi situación, hacían que sentimientos viejos volvieran a mí. Viejos amigos y enemigos que conseguían hacerme recordar, y al hacerme recordar, surgieron las preguntas. Viejas preguntas también.

{Rota.
Adj. Que está quebrado o partido en dos o más partes.
Pedazos de mí.}

Las lágrimas pocas veces fluyeron, pero cuando lo hicieron fue intensamente. El miedo apareció, o revivió, después de tanto tiempo y lo hizo de la manera más intensa posible. Lo más duro fue que mi miedo iba dirigido a una parte de mí, una parte tan válida como cualquier otra pero que no era capaz de aceptar y contra lo que jamás podría luchar.

La silla paró, se había acabado el pasillo. Eché ambos frenos para evitar que ésta se escapara y esperé. Unos brazos me rodearon, agarrándome, y yo alcé los míos para sujetarme en el individuo que me prestaba su ayuda. Dividí la poca fuerza que le quedaba a mi cuerpo en dos. Parte para las piernas y parte para mis brazos, por si las primeras fallaban (que, para ser sinceros, era lo más probable que ocurriera). Sentí que me levantaban con cierta cautela e intenté sostenerme en pie con mis dos piernas. Puse todo mi empeño en ello, sentí mi cuerpo incorporándose, irguiéndose y… Y sentí como se doblaban mis piernas, sin fuerza, bajo el peso de mi cuerpo. Los brazos de mi apoyo humano tiraron de mí, intentando darme de forma artificial la fuerza que yo no podía generar. Y también sentí mi intento feroz por incorporarme, agarrándome con todas mis fuerzas a la otra persona. Por suerte para ambos, el sofá estaba cerca. Caí sobre él como si no tuviera vida y me arrastré, valiéndome de mis brazos hasta mi sitio favorito.
¿Era necesario explicar algo más? ¿Quizá las nauseas, la decepción, la frustración y el profundo asco que me daba a mí misma? ¿Quizá la rabia, los celos, la angustia que me producía la vida ajena? ¿O quizá el terrible dolor que anidaba en mi pecho, recordándome en cada esfuerzo que por mucho empeño que pusiera, por mucha vida que anhelara y amara, siempre me acompañaría?
¿Es necesario explicar que estaba terrible, terrible y solitaria y desesperadamente rota?

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